Alguien dice o hace algo fuera de lo común y rápidamente aparece quien decreta que esa persona “no está bien de la cabeza”, “nadie en su sano juicio se comporta así” o directamente “es un enfermo”. Si las personas comunes hacen esto, en parte es porque los profesionales de la salud mental también lo hacen. Me refiero a lo que Sigmund Freud llamaría “análisis salvaje”: el hábito, tanto en entrenados como en profanos del diván, de diagnosticar a distancia. Es decir, emitir juicios sobre alguien sin haberlo evaluado directamente y hasta ni siquiera haberla visto alguna vez en persona.
Cuando solo tienes un martillo ...
Este tema me surge al encontrarme con el libro The Dangerous Case of Donald Trump, una antología en la que distintos profesionales opinan sobre la salud mental del acutal presidente de EEUU.Como lo dice su subtítulo, son “27 psiquiatras y expertos” que “evalúan a un presidente”. Como se puede adivinar, 27 expertos cuestionando su salud mental sin siquiera haberlo evaluado clínicamente, entrevistado formalmente o siquiera haber charlado con él.
Además, el número y la calidad de los “expertos” es bastante discutible. No todos tienen formación clínica relevante, o una formación y experiencia adecuadas para evaluar a una persona. Algunos ni siquiera son expertos o están relacionados con la Psicología. De hecho, hay artistas entre estos expertos. Básicamente, la mayoría no tiene ni la capacidad de emitir un diagnóstico sobre la personalidad de alguien y los que parecen tenerla no son más que psicoanalistas.
Cuando se tiene una única visión de las cosas y poca duda sobre lo que se cree, un martillo termina viendo todo como un clavo. En el caso de Trump, su excentricidad, teatralidad y su gran amor propio y autoestima, estos expertos lo traducen rápidamente como narcisismo. Para ser exactos, los términos narcisismo y narcisista aparecen en el libro unas 270 veces en sus 225 páginas de contenido. O sea, el tema aparece casi en cada página del libro, lo que marca claramente el marco teórico del mismo.
Como mencionaba, ni siquiera que fueran psicoanalistas, ya terapeutas, profesionales o adeptos, el problema principal es que ninguno de ellos entrevistó a Trump. O sea, todas sus inquietudes y diagnósticos fueron hechos a distancia. Los juicios del libro se basan en observaciones indirectas, interpretaciones y suposiciones. No hay entrevistas clínicas, evaluaciones formales ni datos verificables. En esencia, meras opiniones construidas sin evidencia directa.
Al considerar todo esto, el valor de esas opiniones no difiere demasiado de las que hace cualquier persona sin formación en salud mental sobre el presidente norteamericano. Parten del mismo material que el experto. Se basan en apariciones públicas, discursos y conductas observadas en los medios. Nada directo y menos algo formal. En contra de lo que se puede pensar, la persona completamente ignota en Psicología puede dar una mejor opinión que la del experto. Al no saber nada de temas psicológicos y, principalmente, no haber estado expuesto a un entrenamiento o bien adoctrinamiento para que siga tal o cual “escuela”, puede dar una opinión mucho más objetiva que la del experto.
Sin embargo, para el público, el título de experto otorga autoridad. El 2+2 del experto titulado suena mucho más convincente que el 4 de cualquier otra persona. Pero un título no garantiza que no haya error en lo que dice el experto. No impide que termine diciendo que es 5, lo que es muy probable en un psicoanalista. De nuevo, el título no protege del error y tampoco de la falsedad o de los sesgos, como el seszgo político que parece ser el caso del libro.
¿Debe ser público o no?
Aquí aparece una cuestión interesante. La salud de un presidente no es un tema menor. Un problema grave puede afectar la estabilidad de todo un país. En ese sentido, es razonable que exista preocupación por cómo se encuentra. Sin embargo, cuando se trata de salud mental, el problema se agrava. Se vuelve más insidioso.
Un problema físico no suele incapacitar a las personas para tomar decisiones, lo que es sumamente importante en un presidente. Si lo hace, es raro y, por lo general, temporal y bastante menor. Los problemas mentales suelen ser mucho más duraderos y de mayor intensidad y pueden afectar el intelecto de formas bastante sutiles. No tienen indicadores claros, objetivos e inmediatos que permitan un diagnóstico tan certero y rápido como en los problemas físicos. No existe prueba psicológica alguna que sea tan contundente como una prueba médica. Además, todo depende, en gran medida, de la interpretación de la conducta a lo largo de un tiempo bastante prolongado.
Los problemas físicos pueden desarrollarse hasta en horas, pero los mentales cambian rara vez en menos de un período de semanas. Frecuentemente, ya están bastante instalados cuando uno se da cuenta o se acepta la posibilidad de un trastorno psicológico. Esta necesidad de tiempo hace que cualquier insinuación sobre la salud mental tenga un impacto desproporcionado. Hace fácil instalar la duda y generar desconfianza en la capacidad de una persona con solo insinuar que un trastorno está ahí, pero que se requiere el ojo del experto para verlo.
Por otro lado, cuando se tocan temas psicológicos, las personas suelen resumirlo todo en loco o cuerdo. En realidad, no todo se reduce a la capacidad de distinguir fantasía de realidad. Muchas personas sufren de problemas mentales que, con la terapia y medicación adecuadas cuando es necesario, no les impiden vivir su vida. No obstante, las personas suelen desconfiar de ellas. Suelen dudar de su capacidad para comportarse y tomar decisiones. En pocas palabras, las creen incapacitadas para casi todo. Coloquialmente, las creen locas.
Estas dudas y sospechas suelen desaparecer con el trato cotidiano con la persona afectada; en otras palabras, cuando las personas conocen más del trastorno que sufre la persona de la cual sospechan. Obviamente, ninguna nación tiene un trato directo y cotidiano con su presidente, por eso el experto toma un lugar de importancia. Es él quien puede calmar las preocupaciones y reducir ansiedades, pero también puede agravarlo todo. En general, lo hacen cuando emiten un juicio sin ningún dato sólido sobre una persona que ni siquiera conocen personalmente. A veces, también, porque suelen caer en sus propios sesgos, creencias e ideologías. Y aquí está el punto crítico: no importa si el diagnóstico es correcto o no. El daño ocurre igual. La sospecha se instala y es difícil de revertir.
Afortunadamente, existen reglas éticas que impiden que opiniones sin fundamento alguno sucedan. O al menos, eso pretenden, ya que este libro termina pasando por encima de una regla ética bien conocida.
La regla Goldwater
Como mencionaba, un experto puede provocar mucha intranquilidad y sospecha sobre la capacidad de un presidente. 27 servirían para intentar fundamentar e instalar la idea a través de un aparente encuentro de opiniones de profesionales formados y supuestamente objetivos. Unos 200 expertos pueden acordar con estos 27 haciendo una denuncia pública del “maligno narcisismo” de Trump y así terminar de dar una idea de urgencia al tema y de un maor acuerdo. todo en conjunto, da la idea de que Trump fuera un caso único y hasta excepcional, pero no es así.
En 1964 se reunieron las opiniones de 1189 psiquiatras sobre el estado mental del candidato presidencial Barry Goldwater. Lo retrataban como paranoico, inestable y potencialmente peligroso. Obviamente, todos esos expertos hicieron sus diagnósticos y juicios profesionales desde la distancia, de la misma forma como lo hicieron con Trump.
Goldwater en su momento inició una demanda que ganó, pero el daño estaba hecho. La duda sobre su capacidad quedó implantada en el público. No obstante, nada de lo que dijeron sobre Goldwater se cumplió. Su salud nunca se mostró afectada. Su caso terminó en 1973 con la formulación de una nueva regla ética en la American Psychiatric Association (APA):
En ocasiones se pide a los psiquiatras una opinión sobre un individuo que está a la luz de la atención pública o que ha revelado información sobre sí mismo a través de los medios públicos. En tales circunstancias, un psiquiatra puede compartir con el público su experiencia sobre cuestiones psiquiátricas en general. Sin embargo, no es ético que un psiquiatra ofrezca una opinión profesional a menos que haya realizado un examen y se le haya otorgado la autorización adecuada para tal declaración.
Este libro sobre Trump parece olvidar fácilmente que existe esta regla y obvia el precedente del daño que provoca sobre una persona una opinión profesional basada en nada sólido. Pareciera que la preocupación por la salud mental de presidentes no es uniforme. Mientras algunos son objeto de análisis constante, como el caso de Trump, otros, con comportamientos igualmente cuestionables, no reciben el mismo tratamiento, como el caso de su predecesor Joe Biden. Este último, durante su administración, mostró comportamientos preocupantes, quizás más que el supuesto “narcisismo” de Trump. Olvidos, confusiones y desorientación en situaciones simples que no se explican por temas como estrés, ruidos o algún otro factor aparecían con frecuencia. A pesar de esto, no hubo el mismo interés o preocupación sobre su estado mental. Al menos, estos expertos nunca se pronunciaron de la misma forma con Biden como lo hicieron con Trump.
Algo peor que los expertos
No puedo cerrar esta entrada sin establecer un paralelismo con el caso del “loquito” de Milei. Desde su postulación como candidato presidencial, más aún cuando mostró muy buenas probabilidades de ganar la presidencia, se empezó a cuestionar su salud mental. No antes de eso se lo diagnosticó a distancia de muchas formas y por mucha gente. Su estilo bastante temperamental recibió el mismo tipo de diagnósticos psicoanalistas que Trump, ya fuera por expertos, terapeutas, periodistas o gente que solo se recuesta en divanes.
Por decir lo más resonante, se lo acusó de sufrir un complejo de perversión más severa que un psicoanalista pudiera pensar. Se lo acusó de quebrar la prohibición del incesto, diciendo, los menos valientes, que estaba enamorado de su hermana. Los más osados directamente dictaminaron y sostuvieron que tenían sexo. Todo sobre la base de un rumor de un libro que mezcla ficción, opinión y especulación. Ninguna entrevista personal o investigación profunda sobre su personalidad. Todo a distancia. Lo interesante de su caso es que los profesionales son los menos. Personas para nada relacionadas con la Psicología, como suelen ser los periodistas, esparcieron esta idea con tal intensidad casi como si fuera un hecho más que comprobado.
— lorem ipsum (@altashanta) June 24, 2025
Dentro de todo el montón de diagnosticadores a distancia, aparecen aquellos que creen saber con exactitud el estado mental de la persona y no dudan de lanzar diagnósticos a partir de solo cruzarse a la persona.
https://t.co/vqnVYkyJqS pic.twitter.com/GbQKtOHGj3
— MDZ Online (@mdzol) April 3, 2025
— Resistencia Nacional (@ResistenciaNac_) November 7, 2025
Pero no fue suficiente. Algunos fueron mucho más allá.
— Agarra la Pala (@agarra_pala) August 28, 2025
Al parecer, lo que los envalentona a hacerlo es su propia experiencia en el diván. El recostarse una hora a la semana les hace creer que están capacitados para emitir juicios sobre la salud mental de cualquiera. Parece ser producto de una serie de creencias que el Psicoanálisis promueve sobre sí mismo.
Una de esas creencias es la más popular. Es la que sostiene que todos deberíamos psicoanalizarnos, aunque no tuviéramos problema alguno. Algo así como si el diván fuera un gimnasio en el cual se fortalece la psiquis con solo descargar su pecho frente al terapeuta. Sería, más bien, como confesar los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión para mantener el alma y la conciencia limpias. Además, se suele vender el diván como un camino de autoconocimiento, como si fuera una religión o una filosofía new age.
En este último sentido va la particular condición que deben cumplir los nuevos psicoanalistas. Estos deben pasar por lo que se llama psicoanálisis didáctico. Deben someterse a la terapia sobre sí mismos con el objetivo de ver el proceso muy de cerca y hasta internamente. Así aprenden a reconocer y conocer los procesos inconscientes en sí mismos antes de poder trabajarlos en otra persona. Algo de esto pasa cuando el terapeuta de turno le explica a su paciente algunos de los simples mecanismos interpretativos de sueños y lapsus, u otros conceptos del análisis. Algo no muy difícil de entender o de ejercer. Como diría Wittgenstein, gracias a las ingeniosas pseudoexplicaciones dadas por Freud, cualquier asno puede interpretar lo que considere un síntoma.
Así, cualquier habitante semanal de un diván psicoanalista se cree con la capacidad y calidad mental y moral de poder interpretar casi cualquier cosa y a casi cualquier persona. Al limpiar su mente y supuestamente ejercitarla en el diván, además de cómo suele todo el mundo creerse el modelo de salud mental y conducta a seguir por otros, se creen capacitados para emitir sus juicios sobre la salud mental y la vida de otros.
La ética no es solo para expertos
Casi todo el mundo se cree capacitado para hablar sobre la salud de alguien más, pero cuando el Psicoanálisis se pone en medio se vuelve insidioso el asunto. No solo se creen capacitados, sino que creen que ellos mismos son el ejemplo a seguir. La vara con la que miden a otros son ellos mismos, que se pasaron estudiando obras de hace más de 125 años de escaso valor científico o que se confiesan sus “crímenes inconscientes” cada semana.
Estos últimos son los peores. Aunque los profesionales suelen ignorar las reglas éticas por más claras que sean, como es el caso del libro, al menos esas reglas existen. Se puede exigir que las cumplan y castigar al que no lo haga, pero las personas comunes no tienen estas reglas. No tienen esa responsabilidad. Existen ciertas leyes que lo evitarían, pero no son tan específicas o definidas como la regla Goldwater. O sea, no tienen el mismo incentivo que tiene el profesional para mantener la boca cerrada sobre quien no conoce.
Aquí, en Argentina, tenemos algunas reglas éticas que podrían suplir a la regla Goldwater, pero no son tan claras y específicas. Poniéndolo de otra forma, tenemos muchos “expertos” de todo tipo hablando de la salud mental de personas que no conocen, creyendo que tienen la formación, capacidad y objetividad para hacerlo. Pero, aunque así fuera, lo hacen sin datos ciertos. No parten de alguna evaluación profesional y formal de la salud mental de la persona. No tienen sobre qué fundamentar lo que dicen.
En resumen, como muestra el caso de Milei, aquí en Argentina hay demasiadas personas, de todo tipo y calibre, para nada preparadas y guiadas por sus propios prejuicios, diagnosticando a distancia. Quizás es necesario instaurar una clara y contundente regla Goldwater en Argentina. ... Perdón... ¿dije quizás? Es necesaria y, si me apuran, para todos.


Añadir nuevo comentario