Educando al divanista sobre sus mitos y creencias
Cronicas de un hereje en la secta psicoanalitica
CJCblog

Quizás la última moda cultural contra la cual uno puede argumentar sea Karl Marx. ¿Pero Freud o Rawls? Argumentar con tales personas es concederles la premisa que ellos tratan de refutar con todo su esfuerzo: Que la Razón tiene algo que ver con sus teorías.

— Ayn Rand

The Ayn Rand Letter Vol. IV, No. 2 November-December 1975.

Diálogo Psicoanalítico (El hombre del magnetófono)

Carta adjunta al dialogo que sigue.

«Querido C. Aquí me tienes escapado del manicomio, evadido de un tercer piso sólo con una mano rota —y la policía pisándome los talones... Pero la mano no está tan rota como todo eso: ahí está el texto adjunto que es, al parecer, bastante punzante —evidentemente se ha perdido algo por culpa de ruidos en la grabación. ¿Es publicable? ¿Puede interesar a «Les Temps Modernes?» Es fácil y divertido de leer, y breve. Si deciden publicarlo, habría que precisar varias cosas: tengo 33 años y entré para analizarme en casa del doctor X. a los 14. Hubo algunas interrupciones, pero no tomé la decisión de suspender las sesiones definitivamente, en contra de la opinión del doctor X., hasta la edad de 28 años. Tres años después de esta suspensión —en noviembre de 1967— propuse al doctor X. la entrevista cuyo final se reproduce aquí. Creía que debía participarle el resultado de mis reflexiones, hechas en el intervalo, sobre el fracaso de lo que había sido esta interminable relación analítica... Propongo como título: «Diálogo Psicoanalítico». Ya verás que termino la entrevista con un «continuará», esperando de este modo desencadenar esta continuación indispensable, pues quedan aún por revelar muchas cosas. Pero hasta ahora, varias tentativas para obtener un nuevo encuentro han sido dejadas sin res puesta por el doctor X. Ténme al corriente. Un abrazo.»

A.


Aparecido en
Les Temps Modernes
nº274, abril de 1969.

A.
Para O.
A. — Quiero que algo quede claro definitivamente. Hasta ahora he seguido sus reglas, ahora sería necesario que usted intentara... por otra parte no veo por qué...
Dr. X. — Ahora si usted quiere... Estamos completamente de acuerdo; eso es; nos detendremos aquí, será una lástima para usted.
A. — Entonces, ¿tiene miedo de este magnetófono?
Dr. X. — No. No lo deseo, no lo consiento.
A. — Pero ¿por qué? Por lo menos explíquemelo; ¿tiene miedo de este magnetófono?
Dr. X — ¡Corto!
A. — ¿Corta?, vaya, es interesante, ya vuelve con «el corte»; antes hablaba de cortar el pene; ahora es usted quien quiere cortar de repente.
Dr. X. — ¡Oiga! ¡Se acabó con el magnetófono!
A. — ¿Qué es lo que se acabó?
Dr. X. — O sale de la habitación o doy por finalizada la entrevista. Estamos de acuerdo. Consiento en explicarle lo que quería explicarle, ahora bien, o retira ese magnetófono o no diré nada más;lo sentiré mucho, pero no haré esto.
A. — Creo que tiene miedo. Creo que tiene mie do y se equivoca, porque lo que vengo a hacer es para su bien; me arriesgo mucho por nada, y lo hago por usted y por muchas otras personas, pero quiero llegar hasta el fondo de esta mixtificación y tengo la intención de proseguir.
Dr. X. — Bien, bien...


A. — ¡No! ¡Usted se queda doctor! Usted se queda y no intente tocar el teléfono. Se queda ahí y sobre todo no intente hacerme la jugada de encerrarme (internamiento).
Dr. X. — No le haré la jugada de internarle si sale de esta habitación.
A. — ¡No salgo de esta habitación! Tengo que pedirle cuentas; y cuentas importantes, y usted me contestará. Y no se lo pido sólo en nombre mío, sino en nombre de... Vaya, sea amable y siéntese; ¡no nos enfademos! Ya verá... esto no hará daño; no se trata de fastidiarle; vaya, ¡cálmese! Siéntese... ¿no quiere sentarse? Pues bien, quedémonos de pie.¡Bueno! Así pues, «el corte del pene» ¿No es eso? Mi padre quería... ¿no? ¿Qué más?
Dr. X. — ¡Escuche! Por lo pronto usted no está para discutir.
A. — ¡Claro que sí! Usted es quien no quiere discutir, usted es quien no está para discutir.
Dr. X. — Le he pedido que guarde su magnetófono.
A. — Pero mi magnetófono no es una cola, ya sabe. Es un oyente que nos escucha con mucha benevolencia.
Dr. X. — Le estaba explicando algo...
A. — Sí, está bien, ¡continúe!
Dr. X. — Y en aquel momento usted, en vez de tratar de comprender...
A. — Porque usted quiso dejar caer algo muy importante con lo que me había llenado la cabeza durante años, y quisiera justamente que no intentara esquivar el problema, es decir, otra vez el problema de su responsabilidad.
Dr. X. — ¡La suya!
A. — ¿Qué?
Dr. X. — Ahora tiene ganas de hacerme responsable de lo que sólo usted es responsable.
A. — ¡En absoluto! En este momento hago un trabajo, un trabajo científico.
Dr. X. — Es posible.
A. — Bueno, entonces sigamos; ya sabe que es mejor registrar los trabajos científicos, de este modo estamos tranquilos, no tenemos necesidad de tomar notas. Vamos a adelantar.
Dr. X. — ¡No se trata en este caso de trabajos científicos!
A. — ¡Sí! Yo creía estar en casa de un hombre de ciencia. Siempre me he confiado a un hombre de ciencia y me gustaría saber de qué ciencia se trata en definitiva, pues no estoy nada convencido de que esta ciencia no sea charlatanería.
Dr. X. — Pues bien. Estoy en mi derecho de no hablar ante un magnetófono.
A. — Está en su derecho, naturalmente, y no se olvida de decirlo; gracias... Se siente acusado y habla como un americano que no hablará más que en presencia de su abogado... ¡Siéntese!
Dr. X. — Estoy dispuesto a hablarle y también explicarle.
A. — Bien. Sigamos.
Dr. X. — Pero no estoy dispuesto a hablar ante un magnetófono.
A. — ¿Por qué va a telefonear?
Dr. X. — Porque le pedí que saliera si no guardaba ese magnetófono.
A. — ¿Qué? Pero ¿por qué? ¿Por qué va a telefonear?
Dr. X. — Porque le pedí que saliera si seguía con el magnetófono no quería internarle pero...
A. — Pero por qué ha... ¡Sepa que no podría internarme! Porque si hay alguien que debe ser internado es usted, en el caso de que se tratara de determinar quién está desequilibrado.
Dr. X. — Yo... Yo... de todos modos...
A. — Oiga, yo le aprecio, no le deseo ningún mal; al contrario...
Dr. X. — Entonces estamos de acuerdo; deje ese aparato.
A. — Nos estamos divirtiendo mucho; sin embargo me gustaría que dejara de tener miedo...
Dr. X. — Yo no me estoy divirtiendo.
A. — Pero tiene miedo. Y de la libido, ¿qué hace usted? ¿Cree que quiero cortarle su pilila? ¡No! vengo a darle una de verdad; una de verdad... ¡es formidable! ¡Por fin! ¡Usted había esperado mucho tiempo esta fiestecita! ¡Oiga, confiese que se las arregla muy bien! ¡¡Doctor!! Doctor, yo no estoy en contra suya, es usted quien está en contra de sí mismo.
Dr. X. — De momento usted está...
A. — No estoy en contra suya, pero... encuentro que usted abusa. Sí, abusa, usted ha abusado mucho de mí; incluso diría que me ha estafado un poco, si tuviéramos que decir las cosas en términos jurídicos, porque no ha cumplido sus obligaciones, no me ha curado en absoluto; por otra parte usted no está preparado para cumplir sus obligaciones; ya que no sabe curar a la gente, tan sólo sabe volverlos un poco más locos. Usted sabe... No hay más que preguntar a sus otros enfermos, en fin, sus «enfermos», aquellos a los que usted llama los enfermos, aquellos que vienen a buscar un poco de ayuda y que no reciben nada, sólo reciben la espera... ¡siéntese! ¡Tengamos calma! ¡Tengamos calma! ¡Vamos! ¿Es usted un hombre o un muñeco? ¿Es un hombre?
Dr. X. — Se lo repito, se lo digo de una vez por todas, usted tiene un magnetófono y no admito esa actitud.
A. — Lo siento, le repito por qué he sacado este magnetófono, para emplear su palabra «sacar», es porque no me gusta nada la manera en que me ha pedido de repente que dejara la cuestión de la castración.
Dr. X. — Yo estoy dispuesto a hablar de la cuestión de la castración, si ese es el verdadero problema, pero no deseo hablar ante un magnetófono.
A. — Bueno, pues bien, no hablaremos, esperaremos a que cambie de opinión; está usted atrapado.
Dr. X. — ¿Y qué quiere ganar atrapándome?
A. — ¡Yo no tengo nada que perder!
Dr. X. — Es posible.
A. — ¡Tiene miedo!... ¡Vamos Juanito! ¡Cálmate! ¿Qué? ¿No? ¿No quieres?
Dr. X. — ¿No cree que es una situación seria?
A. — ¡Terriblemente seria! Por esto es mucho mejor que pongas otra cara que la que pones... ¡Muy apurado me he tenido que ver para permitirme semejante cosa! Es preciso que por lo menos esté verdaderamente seguro...
Dr. X. — ¡No! No es preciso que esté seguro. ¡Si estuviese seguro no actuaría como lo hace! Ahora, déjeme salir, es una situación muy peligrosa.
A. — ¿Peligrosa?
Dr. X. — Sí, usted es peligroso.
A. — ¡En absoluto! Usted no para de intentar hacerme creer que soy peligroso, pero no soy nada peligroso.
Dr. X. — ¡Usted es peligroso porque niega la realidad!
A. — ¡No!
Dr. X. — ¡Usted niega la realidad!
A. — ¡Si soy un corderito! ¡Siempre he sido un corderito!
Dr. X. — ¡Usted niega la realidad!
A. — ¡Usted es quien es peligroso! El que lo dice es el que lo es.
Dr. X. — ¡Usted niega la realidad!
A. — ¿Y qué es la «realidad»?
Dr. X. — De momento, usted es peligroso porque niega la realidad.
A. — Pero ¿qué es la «realidad»? Tendríamos que ponernos de acuerdo primero. Yo, desde el punto de vista de su realidad sé una cosa: Usted está irritado, le cuesta muchísimo dominarse y va a estallar; va a estallar, está bajo presión; se pondrá nervioso y eso no sirve para nada; no le deseo ningún mal, no hay ninguna razón ¡no soy su padre! Dr. X. — ¡Usted tiene su magnetófono!
A. — ¡No soy su padre!
Dr. X. — ¡Usted tiene su magnetófono!
A. — ¿Y qué pasa?
Dr. X — ¡Acabemos!
A. — Pero veamos, el magnetófono no le hace ningún daño. ¿Le da miedo? No es un revólver.
Dr. X — ¡Acabemos!
A. — ¿Tiene miedo?
Dr. X — ¡Acabemos!
A. — ¿Qué quiere decir eso? ¿Acabemos qué?
Dr. X. — No deseo una entrevista de este tipo.
A. — Oiga, ¿es que quiere que le dé una azotaina?
Dr. X. — ¡Ve como es peligroso!
A. — ¿Quiere una azotaina?
Dr. X. — ¡Ve como es peligroso!
A. — No; yo le hago una pregunta; ¿quiere dejar de actuar como un niño?
Dr. X. — Le digo que es usted peligroso.
A. — ¡Y yo le digo que hace niñerías!
Dr. X. — Y va a demostrármelo, me lo temo.
A. — No, no voy a demostrárselo.
Dr. X. — Acabemos de una vez.
A. — Pero, ¿qué quiere decir eso de: «Acabemos de una vez»?
Dr. X. — No tengo nada que decirle; usted es peligroso.
A. — ¿Cómo? ¿No tiene nada que decirme? Pero tiene que rendirme cuentas.
Dr. X. — Le he invitado a salir.
A. — ¡Perdón! ¡Se equivoca!
Dr. X. — ¡Ve como es peligroso!
A. — ¡Tiene que rendirme cuentas!
Dr. X. — ¡Ve como es peligroso!
A. — Yo no soy peligroso; simplemente alzo la voz, pero usted no lo soporta; si uno grita, usted tiene miedo, ¿verdad?, si oye gritar ya no sabe lo que pasa; es espantoso; es horrible; es el papá quien grita (desde hace un momento los dos interlocutores están a 20 cm. uno del otro), pero yo, Juanito, sólo grito aquí para mostrarte que esta vez no es grave; ves, ahora ya vas dominando tu 99 miedo; ¡eso es!; ¡eso es!; perfecto. Así está mejor. Ya ves que no es tan grave como todo eso: no soy tu padre; y puedo gritar más pero no. Bueno, ya basta.
Dr. X. — ¿Ahora imita a su padre?
A. — No, no; al suyo. Al que veo en sus ojos.
Dr. X. — Usted intenta hacer el papel...
A. — No quiero adoptar ninguno de sus papeles ¡sencillamente quiero liberarme de su angustia! ¡Ahora es usted quien se caga encima! ¡Seguro! Fíjese: ¿por qué cruza los brazos de ese modo? ¡Se defiende! ¿De verdad cree que voy a pegarle? ¿De dónde saca que quiero pegarle? ¡Soy mucho más prudente! Me contengo, no quiero hacer lo que usted quisiera que hiciera; desde luego sería más simple: le pegaría y no tendría razón, habría empezado, habría cometido un acto que le daría a usted el poder de... no sé... de ser el médico, de jugar al doctor, ¿eh?... al psiquiatra. Si soy peligroso no lo soy para el pequeño Juanito, soy peligroso para el médico, para el médico sádico, no para el pequeño Juanito; éste también ha sufrido bastante; no tengo ganas de pegarle... pero el médico, el psiquiatra, el que ha tomado el lugar del padre, ese, se merece unas patadas en el culo. Ahora quiere? déjeme explicarle; siéntese. ¿No? ¿No
Dr. X. — Puede hablar. Yo no hablaré, le he dicho que yo no...
A. — ¡De acuerdo! hablaré yo; ¡En fin! ¡Mejor! Por otra parte, iba a decírselo cuando saqué el magnetófono, que lo sacaba únicamente para hablar, porque iba a hablar yo. Evidentemente también usted puede registrar si quiere; además, le haré una copia si lo desea; eso debería interesarle muchísimo... en fin... quizás... así lo espero. Bueno, ya está. ¡No se puede curar ahí encima! (señala con un movimiento de cabeza el diván profesional) ¡es imposible; y usted no se ha curado tampoco porque ha pasado demasiados años ahí encima. No se atreve a mirar a la gente cara a cara. Antes ha empezado hablando de «enfrentarme con mis fantasmas». ¡Jamás hubiera podido hacer frente a nada!: Usted me había obligado a volverle la espalda. Así no se cura a las personas. Es imposible porque, a fin de cuentas, vivir con los demás es saber hacerles frente. ¿Quería que aprendiera yo sobre eso? ¡Al contrario!, usted me ha hecho olvidar el gusto de intentar siquiera vivir con los demás o afrontar cualquier cosa directamente y ese es su problema. Por eso pone a la gente así, porque no puede hacerles frente y no puede curarles, sólo puede endosarles sus problemas de padre con los que no acaba nunca; y de sesión en sesión arrastra sus víctimas con el problema del padre. ¿Comprende lo que le digo? A mí me ha costado mucho comprender y poder arreglármelas. Desde luego usted me hizo hacer gimnasia mental. Por lo menos un poquito, pero confiese que a pesar de todo era un poco caro, ¡si sólo fuera eso! Pero queda lo peor: me ha hecho olvidar, con sus promesas, cómo se hace frente y me he entregado a usted, sólo que como yo no podía verle no podía imaginar cuándo me iba a dar por fin lo que venía a buscar a su casa. Esperaba la autorización. ¡Sí, eso es! Hubiera sido usted tonto en dármela, eh, transformarme, liberarme ya que yo le alimentaba, usted vivía a expensas mías, me chupaba: yo era el enfermo, usted era el médico; por fin ha hecho aparecer su problema de infancia, ser el niño frente al padre... Usted tenía el derecho, vaya el derecho de internar eventualmente, por ejemplo, quizás a mí no, pero en fin, tiene el derecho de internar a otras personas...
Dr. X. — Telefoneaba al 609 para hacer que se fuera, al 609, a la policía para que le expulsen.
A. — ¿A la policía? ¿Al papá? ¡eso es! Su papá es agente de policía y usted iba a telefonear a su papá para que viniera a buscarme.
Dr. X. — Porque creo que...
A. — Oiga esto se pone interesante; ¿por qué quería llamar a la policía?, se hubiera perdido todo esto. Confiese sin embargo...
Dr. X. — Usted es abogado...
A. — Que he hecho bien en impedirle...
Dr. X. — Cuando una persona no quiere abandolar la casa de uno, se llama a la policía.
A. — ¡Claro que sí! ¡Ésta es la verdad! Usted me había conducido a su casa, me había atraído a su interior, a su caverna...
Dr. X. — Le había pedido que se marchara.
A. — ¡Oiga!, si toma la palabra para decir semejantes cosas vale más que me deje continuar porque si no nos pondremos nerviosos, perderemos tiempo, de acuerdo, ¿eh? Si verdaderamente tiene cosas importantes que decir, entonces es preciso que las diga, de acuerdo, es preciso sacarlas, cierto; es verdad: está lleno de vacilaciones... Pero si es para decirme que va a llamar a la policía o que hubiera querido llamarla, eso es algo que habrá que analizar... Bueno, ¿se siente mejor? (tono extremadamente suave y tranquilo) ¿se siente mejor?
Dr. X. — No (se levanta ). Usted va a escuchar su magnetófono.
A. — No, no, no, eso no me importa de momento, fíjese cómo ha reaccionado ¡qué historia de locos! Usted está nervioso, excitado, sólo porque uno saca un aparatito que va a permitirnos comprender lo que está pasando aquí. Es absurdo, vaya; además, en el fondo no ha querido explicar por qué no quiere la grabación. Por lo menos no me lo quiere decir, ¿por qué está tan enfadado? ¡Porque de repente yo he tomado las riendas de algo! Hasta ahora tenía usted la costumbre de controlar totalmente la situación y de repente he ahí que la extrañeza se introduce y se instala en usted.
Dr. X. — No estoy acostumbrado a la violencia física.
A. — ¿Qué significa «la violencia física»?
Dr. X. — Es una violencia sacar ahora ese magnetófono.
A. — ¿Una violencia física? (Asombro total.).
Dr. X. — Y además usted se ha dado cuenta perfectamente... basta mirar dónde está mi teléfono para ver que es violencia física (el teléfono está efectivamente en el suelo desde el incidente inicial: «No toque el teléfono...»)
A. — Pero oiga: ¿habla en serio? ¿Le gusta decir lo que acaba de decir? ¿Está contento ahora? Quisiera asegurarme de su bienestar ¿Está en forma? ¿Se siente bien? Uh, uh... (tono amistoso dirigiéndose a un niño). ¡Doctor! (muy bajo y suave). Cucu. Vamos, ¿no quiere contestarme? ¿No quiere decirme? En fin... ¡Contemple un poco la situación! ¡Es ridícula! Intentemos mostrarnos a su altura.
Dr. X. — Mire: eso que acaba de decir, eso que me acaba de explicar...
A. — ¿Sí? ¿Qué?
Dr. X. — A usted le gustaría volverlo a escuchar.
A. — Naturalmente, y a usted también, escuchar su silencio... ¡Duda porque no puede hablar! ¡Se saca un magnetófono y de pronto se queda corta do! Es usted quien ha dicho «corto». Se ha cortado a sí mismo —¿no es así?— en el sentido del asesino que se queda cortado, que se denuncia a sí mismo. Yo no he cortado nada, por el contrario quiero seguir y quiero que avancemos hacia la verdad...
Dr. X. — El tiempo que le había reservado ya ha pasado, tiene que irse.
A. — ¡No! El tiempo no existe.
Dr. X. — ¡Sí que existe!
A. — No, no existe... Ahora empieza lo mejor, se lo aseguro.
Dr. X. — Pero usted ha explicado algo, y no tiene más que sacar la lección: Usted ha explicado algo...
A. — ¿Sí?
Dr. X. — ...que debía haber comprendido hace mucho tiempo.
A. — ¿El qué?
Dr. X. — Su actitud.
A. — ¿Cómo mi actitud?
Dr. X. — Sí, lo que había explicado usted...
A. — Es usted el que tenía una actitud... (ruido de timbre en la puerta)... de corte.
Dr. X. — Lo que acaba de explicar ahora es su actitud. Escuche, ahora me están esperando.
A. — ¡Me importa un bledo! La próxima víctima no tiene prisa.
Dr. X. — Pero a mí sí que me importa.
A. — (Tono categórico y acentuado). No saldremos de esta habitación hasta que las cosas estén más claras, respecto a lo que ha ocurrido y respecto al problema de su compromiso y del incumplimiento de sus obligaciones. Sobre todo no hable de violencia física, ya que es usted quien, al obligarme a dar vueltas sobre el diván, comenzó con la violencia física, es usted quien me retorció, quien me llenó la cabeza de pájaros. Es usted el que falseó las condiciones ¿no se da cuenta de todo eso? ¡No se da cuenta de que es totalmente ridículo! Hay algo que va más allá del momento presente. Hay algo vergonzoso e infantil en su actual comportamiento.
Dr. X. — Ve como es peligroso, ya le dije que era usted peligroso.
A. — Doctor X. ...¡es usted un payaso! ¡Y un payaso siniestro! He venido a su casa durante no sé cuántos años dos o tres veces por semana, ¿y qué he conseguido? Si soy loco y peligroso como ahora dice: no haría más que cosechar lo que sembró, lo que invistió con su engañosa teoría. Dese cuenta de eso. Y en el fondo saldría bien librado con ese cierto modo que tiene en este momento y la reflexión que le pido que haga, es un pequeño deber que se le impone, un deber muy pequeño, ¡eso no es tan grave! ¡no hace tanto daño! Vamos, sonría, no ponga esa cara mohína, sabe que es muy importante eso de ocuparse en curar a la gente, el ser médico; y se escriben muchos libros sobre psicoanálisis; vale la pena que reflexionemos y que intentemos explicarnos francamente y comprender lo que ha ocurrido entre nosotros porque tal vez podamos sacar de todo este asunto algo útil para otros y además yo no soy peligroso, así que no me diga eso continuamente, porque lo que quiere es desviar el tema; se ha embolsado el beneficio de una situación–ambiente, es privilegiado: ha venido después de Freud, le han pagado los estudios y ha logrado colgar una placa en su puerta. Y ahora fastidia a montones gente teniendo además el derecho de hacerlo, así cree salir bien del paso. Es un fracasado y toda su vida no hará más que cargar su propina a otras personas... Bueno... Bien, ahora se acabó todo eso, ya me tiende, estará muy contento de tener que soportar esto ahora, porque en realidad no le hago soportar nada, nada en absoluto.
Dr. X. — Sí, me obliga a tener que soportar su presencia.
A. — No le hago soportar mi presencia, quisiera que continuara sentado.
Dr. X. — ¡Violencia física!
A. — ¡Quisiera que se sentara!
Dr. X. — ¡Violencia física! ¡Violencia física!
A. — De ningún modo; quisiera que continuara sentado.
Dr. X. — ¡Violencia física!
A. — Siéntese, vamos.
Dr. X. — ¡Violencia física!
A. — No. (tono paternal y tranquilizador ).
Dr. X. — ¡Violencia física!
A. —No, es teatro.
Dr. X. — Me hace soportar violencias físicas.
A. — De ningún modo, no le hago soportar violencia física.
Dr. X. — Le he dado ocasión de explicarse.
A. — Yo quisiera que ahora se explicase usted.
Dr. X. — Le he dado ocasión de explicarse y le he propuesto...
A. — De ningún modo, me ha cortado, ha interrumpido la explicación que quería empezar a darle.
Dr. X. — En la medida en que yo no quería hablar ante un magnetófono.
A. — Pero al principio no le pedí que hablase, le pedí que me dejara hablar.
Dr. X. — No, me ha pedido que hablase.
A. — Usted me ha interrumpido, eso es lo que ha pasado: de repente me ha hablado de la policía.
Dr. X. — Ahora la entrevista se acabó.
A. — ¿Lo dice en serio? ¡Mezquino! ¡Yo digo que no! ¿Entonces? ¿Quién dará el primer paso hacia la violencia física?
Dr. X. — Usted es el que lo está dando.
A. — ¡En absoluto! ¡Me encuentro muy bien aquí! Soy como un senador sudista que no abandona su sitio.
Dr. X. — Usted es de verdad muy peligroso, si seguramente se ha... (El doctor va hacia la ventana, el despacho está en un entresuelo bastante alto; ruido muy intenso de los postigos que abre).
A. — ¿Va a tirarse por la ventana? ¡Es extraordinario! ¿De verdad va a hacer eso? (nuevo ruido de postigos que A. acaba de cerrar riendo). Ya ve que es teatro puro.
Dr. X. — Esto acabará mal.
A. — ¡Esto terminará en drama! ¡Un drama sangriento! ¡Habrá sangre!
Dr. X. — Sí, habrá sangre.
A. — ¿Quién sangrará?
Dr. X. — Habrá sangre.
A. — ¡No, no habrá sangre, esto no acabará así! ¡se acabará alegremente! Nos estamos divirtiendo mucho.
Dr. X. — Esto terminará con violencias.
A. — No, a pesar de todo no terminará con vioncias.
Dr. X. — Déjeme abrir la puerta y salir.
A. — Pero ¿tiene miedo? ¿Ya vuelve a empezar? ¡Uh!
Dr. X. — Ve como es peligroso.
A. — No, tengo necesidad de relajarme.
Dr. X. — Rara manera de relajarse, tiene miedo.
A. — Usted quiere darme miedo,
Dr. X. — Es peligroso porque tiene miedo.
A. — ¿Peligroso? ¿Qué quiere decir peligroso?
Dr. X. — Usted actúa físicamente al quedarse aquí.
A. — ¿Eso es lo peligroso?
Dr. X. — ¡Eso es!
A. — ¡Y la tortura moral! ¿Qué hace con ella?
Dr. X. — Usted actúa sobre el plano físico.
A. — Oiga, cuando se rebelan los esclavos, a veces hay un poco de sangre, y sin embargo ya ve que ahora nadie sangra aún.
Dr. X. — Usted actúa en el plano físico. (Habría que precisar que A. ocupa una posición estratégica, apoyado en la única puerta de la habitación).
A. — Usted se está cagando en los pantalones.
Dr. X. — Usted quisiera que me cagara encima.
A. — Claro que no, solamente noto que se caga encima.
Dr. X. — Cree tener la sartén por el mango... cree que me amilana.
A. — No lo amilano, no tengo ninguna intención de amilanarlo, lo que quisiera es que empezara a hablar en serio.
Dr. X. — Pues bien, le hablo seriamente: es la hora.
A. — ¿Cómo?
Dr. X. — Es la hora y tengo que recibir a otras personas.
A. — ¿Es la hora? ¿Pero cómo? ¡es la hora de las cuentas! ¡Seguro! Ha llegado la hora.
Dr. X. — Lo siento mucho.
A. — ¿Cómo que lo siente mucho? Permítame, soy yo el que lo siente mucho, no puede darse cuenta. ¡Usted me ha hecho polvo, me ha vuelto loco durante años! ¡años! ¡y ahora quiere quedarse ahí!
Dr. X. — ¡Socorro! ¡Socorro! (A partir de este momento el doctor gritará socorro una docena de veces cada vez más fuerte con una voz mejor modulada cada vez, de cerdo al que están degollando). ¡Al asesino! ¡Socoooorro! ¡Socoooorro! ¡Socoooorro! ¡Socoooorro!
A. — Cállese y siéntese.
Dr. X. — ¡Socoooorro! ¡Socoooorro!
A. — ¡Cállese, o lo amordazo!
Dr. X. — ¡Socoooorro! (Largo alarido).
A. — ¡Pobre idiota! ¡Pobre imbécil! ¡Siéntese!
Dr. X. — ¡Socoooorro! (Débil refunfuño).
A. — ¿De qué tiene miedo?
Dr. X. — ¡Socoooorro! (Reanudación de los gritos). Ve como es peligroso.
A. — No, no soy peligroso.
Dr. X. — ¡Socoooorro!
A. — ¿Tiene miedo de que le corte la pilila?
Dr. X. — ¡Socoooorro! (Este grito es et mas bonide todos).
A. — ¡Qué grabación más divertida!
Dr. X. — ¡Será muy divertida! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! (Esta vez es el grito lúgubre final de una tripa le se deshincha como un animal muerto — seguido de un largo silencio).
A. — Vamos, buen hombre, recoja sus gafas.
Dr. X. — Rotas. (Lo que no era cierto).
(Nueva pausa).
A. — Bueno. ¡No esperaba que se comportase como un imbécil ¡De verdad que no! ¡Es usted un niño!, en realidad usted ha empezado la disputa. Siéntese. ¡Y usted es un hombre de ciencia! ¡Pues bien, sí que es hermosa su ciencia! Es bonito, Freud estaría encantado! Nunca llegó a una situación de loco furioso como ésta.
Dr. X. — Ahora si quiere hacer el favor, terminemos ya. Afuera están prevenidos, tal vez valdría más que se fuese.
A. — Yo estaría encantado en que llegara hasta el fin.
Dr. X. — Se está exponiendo a que lo internen, pero no será por mi culpa.
A. — Muy bien, encantado, espero a pie firme este internamiento, tengo curiosidad por saber si llegará hasta eso, por ahora estamos escribiendo un excelente capítulo del psicoanálisis.
Dr. X. — Verdaderamente, ¿qué otra cosa quiere que le diga?
A. — Entonces sentémonos y esperemos a la pocía, la llegada de su papá. Siéntese, cálmese, está muy nervioso, Dr. Jekyll, ¿eh?... El señor Hyde nunca está muy lejos, Hmmm... ¡y pensar que yo le apreciaba!... (pausa) yo no soy peligroso, soy muy amable.
Dr. X. — Sí, seguro, créalo.
A. — No, no... ahora vamos a empezar el proceso de los psicoanalistas y vamos a ver lo que ocurre y lo que hacen en su gabinete, y dónde están con sus clientes, vamos a verlo y creo que será apasionante como descubrimiento, saber quién tiene la cabezota al revés. ¿Qué? ¿Quiere irse? ¿quiere largarse corriendo? ¡Cochino!
(Se oye a lo lejos la voz del doctor dirigiéndose a su mujer —«Lulú, por favor, llama al 609»).
A. — (Imitando la voz y el tono del doctor). Te lo suplico, aprisa... Bueno, nos vamos... Ya no tiene nada que decir, doctor; antes de despedirnos.
Dr. X. — La próxima vez...
A. — ¿Sí?
Dr. X. — Hoy no hablaré más, quiero volver a hablar con usted pero será sólo ante personas capaces de limitar sus violencias.
A. — ¡Muy bien!
Dr. X. — Pero estoy dispuesto a tener una explicación con usted sin magnetófono y ante personas capaces de contenerlo.
A. — ¡Muy bien! ¿No tiene nada más que decir? ¿Entonces hemos terminado? ¿Cortamos? ¿Se interrumpe la sesión?
Dr. X. — ¡Sí!
A. — Muy bien, se interrumpe la sesión, ésta es la primera sesión, hasta la próxima entonces. Hasta la vista, doctor.


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